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martes, 17 de abril de 2012

AJUSTES Y RECORTES


Los ciudadanos no tenemos ni puta idea de sastrería: no comprendemos que ajustar un traje no es lo mismo que recortarlo. Como nuestras chaquetas nos quedan anchas de hombros y largas de mangas lo que hay que hacer no es “recortarlas” sino “ajustarlas”, lo que viene a consistir en poner la tela sobrante en la cintura de los pantalones para que además de llevar la chaqueta más “ajustada” nos apretemos bien el cinturón. Si es que no estamos nada puestos en corte y confección. El ministro Wert les ha comunicado  a los consejeros autonómicos de educación su nuevo modelo de sastrería contable: menos profesores, más horas lectivas por docente, más alumnos por aula, menos sustituciones… Todo para que la educación pública sea cada vez más low cost. Una de las consecuencias de esta suerte de ingeniería textil, al igual que paulatinamente ocurrirá en la sanidad, es que los usuarios con mayor poder adquisitivo irán cada vez más prescindiendo de los servicios educativos (o sanitarios) públicos para utilizar los privados. Pero en España, donde la educación privada en la práctica es educación subvencionada (a través del disparatado sistema de los colegios concertados), se va a dar la triste paradoja de que sigamos pagando con fondos públicos la docencia de los niños ricos en sus impolutos colegios-jardín mientras los hijos del vulgo se conforman con unas escuelas cada vez más infradotadas y masificadas. Hace unos años ya lo sugirieron los italianos Massimo Gardi y Edoardo Narduzzi en un premonitorio libro, El fin de la clase media y el nacimiento de la sociedad de bajo coste: el fenómeno low cost llegará a unos servicios públicos cada vez más parecidos a la antigua beneficencia reservada a los pobres. Así que mientras unos estudiarán en Zara, otros lo harán en Prada (eso sí, con ayudas del Estado, que manda huevos…).
Nota: una versión breve de este artículo se ha publicado en la sección Cartas al Director de El País
+Info: los recortes previstos en educación según El País

domingo, 13 de febrero de 2011

UNIVERSIDAD DEL PAIS VASCO : DOCENTES NO MUY DECENTES (O AL MENOS POCO CONSECUENTES)

Esta semana el sindicato UGT ha difundido las cifras de participación del personal de la Universidad el País Vasco (UPV/EHU) en la huelga del pasado 27 de enero contra el recorte de las pensiones. Ateniéndonos a los datos facilitados por el Rectorado, secundaron la huelga 184 trabajadores (un 10,03 %) del personal de administración y servicios (PAS) y 31 profesores (un 0,58 % del total de la plantilla docente). Al hacer públicas estas cifras la UGT pretende seguramente resaltar la escasa participación en una convocatoria en la que no tomó parte (los sindicatos convocantes eran LAB, ELA, STEE y algún otro sindicato nacionalista). Yo, que por distintos motivos no secundé la huelga, siento sincero respeto por los que sí lo hicieron y además comparto con ellos el convencimiento de que existen motivos para la movilización social. Precisamente por esto mismo creo que las cifras de participación del personal docente (PDI) en la UPV/EHU merecen un comentario más detenido, aunque seguramente por razones distintas de las que UGT ha querido resaltar al hacerlas públicas.
Para empezar hay que aclarar algunos pormenores. En la UPV/EHU, como en todas las universidades españolas, nos regimos mediante un sistema de organización autodenominado estamental, igual que en la Edad Media. Esto, que para ciertas cuestiones puede tener razón de ser, comporta numerosas paradojas que casan muy mal con la pretendida cultura democrática e igualitarista que supuestamente inspira el funcionamiento de esta institución. Como por ejemplo el hecho de que existen dos categorías de trabajadores, con sus propios escalafones y con condiciones laborales absolutamente distintas: el personal docente (PDI) y el de administración y servicios (PAS). Para estos existe un sistema de control de asistencia y permanencia en el puesto de trabajo (la clásica ficha que hoy en día es electrónica), cosa que no existe para los segundos. No es mi intención entrar a discutir esta cuestión que, como PAS, tengo asumida desde hace años. Lo que ahora me importa es destacar lo que sucede cada vez que se convoca una huelga, especialmente una huelga general (y por tanto política). Para el PAS, como ya se ha dicho, existe un sistema electrónico de control de asistencia que permite verificar la participación en la huelga: es decir, si uno no acude a su puesto de trabajo y no aporta ninguna justificación (el abanico de estas es muy variado) puede inferirse que ha participado en la convocatoria, independientemente de si lo hubiera manifestado expresamente. Con el profesorado no existe un sistema análogo, así que cada vez que se produce una convocatoria de huelga las autoridades académicas remiten un escrito en el que exhortan a los eventuales participantes a reconocerlo expresamente en caso de que hayan participado en la misma. Como es lógico, tanto para unos como para otros (PAS y PDI) secundar la convocatoria puede acarrear el consecuente descuento en sus nóminas.
Como se ve por los datos que arriba se indican, en la huelga del pasado 27 de enero, solo 31 profesores de un total de 5316 reconocieron haber secundado la convocatoria de los sindicatos nacionalistas. Cabe señalar que en las últimas elecciones sindicales (2007) los sindicatos convocantes de la huelga obtuvieron 757 votos entre el profesorado. Aun admitiendo que una parte importante de esos votantes no deseara tomar parte en la huelga, ¿no es un 4 % (31 de entre 757) un porcentaje de fidelidad sindical sospechosamente raquítico? Con seguridad la participación “de boquilla” habrá sido mucho mayor pero la expresamente reconocida ya se ve en qué se queda. En otras ocasiones esta cuestión ya había suscitado controversia: sostenían los docentes que a santo de qué les van a obligar a autoinculparse de la participación en una huelga, que si el Rectorado no tenía medios para comprobar la asistencia de los docentes a sus puestos no era problema de los trabajadores. A mi estos argumentos, disfrazados de una suerte de “insumisión” me suenan a puro y duro escaqueo. Al fin y al cabo si un trabajador hace huelga es precisamente para que se note y se sepa. La eventual reducción que esto suponga para la nómina no hace sino otorgar mayor legitimidad a la reivindicación del trabajador, dispuesto a asumir ese perjuicio. Esta forma de pensar es, como se ve, residual entre el PDI de la UPV/EHU. El rectorado lo debe de saber tan bien que ya ni tan siquiera se preocupa de ordenar a la sección de nóminas los descuentos retributitos para los “heroicos” autoinculpados (y la verdad es que tendría narices).
En fin, lo más escandaloso de todo este circo es que las últimas huelgas han ido acompañadas de encendidas soflamas y retóricas adhesiones. Esto habría estado muy bien si las cifras de participación hubieran concordado con la dialéctica que desplegaron las centrales sindicales. Pero se ve que no ha sido así y lo que han hecho los sindicatos es sencillamente callarse, pasarlo por alto, puesto que esta negativa a reconocer expresamente la adhesión del PDI cuenta con la absoluta connivencia de los convocantes. Así que el fervor huelguista, a los docentes se les supone como a los soldados el valor. El fenómeno forma parte de esa idiosincrasia picaresca tan española (je, tiene gracia la filiación) que nos lleva a considerar meros tontos a los que por fidelidad a una causa están dispuestos a que les toquen la cartera. En el último caso han sido, en tendencia sospecho que acusadamente decreciente, tan solo 31 tontos. Sencillamente patético.

viernes, 23 de abril de 2010

A VUELTAS CON EL VELO EN LA ESCUELA : UNA ACLARACION

El texto precedente sobre el velo en las escuelas contiene seguramente las opiniones más inseguras que he vertido en este blog. Porque reconozco que las razones de los partidarios de permitir su uso en el aula son sólidas: respeto a la opción personal de la alumna, y en cualquier caso prevalencia del derecho a la educación sobre cualquier otra cosa. Muchos son lo que dicen que no debería hacerse demasiada sangre de esto, que al fin y al cabo quizás convenga pasarlo por alto pues el velo no deja de ser una simple prenda cuyo empleo no perjudica a nadie. Pero más allá del significado que el velo tenga para todas y cada de las niñas que lo usan lo que está en juego no es su derecho a vestirlo, ni mucho menos su derecho a practicar una religión o exhibir una determinada identidad cultural, cuestiones éstas a las que solo la derecha racista se opone abiertamente. No, en realidad lo que se debate es si las niñas musulmanas deben tener derecho a convertirse en una excepción a la norma que muchas escuelas públicas con sano y laico juicio se han impuesto: la de no exhibir simbología religiosa ni política, y la de guardar una etiqueta en cuanto a conducta y vestimenta. Estas normas deben atañer por igual a todos y si permitimos que en razón de creencias religiosas (esto es, por motivaciones expresamente transcendentes) sea permitida la excepción a la norma creo que estamos siendo víctimas de un chantaje moral. Por eso debemos dejar que las escuelas la apliquen con rigor y coherencia si así desean hacerlo, lo que no obsta para que si otras escuelas prefieren mantener una postura más laxa no tengan igual derecho a hacerlo, al menos mientras no exista legislación al respecto.
Hoy mismo aparece en El País una columna de Ángeles Espinosa, corresponsal del diario en Teherán, en la que defiende la libertad para vestir el hiyab en la escuela comparándolo con el caso de una monja con la que ella estudió el COU en su instituto. Creo que afortunadamente los tiempos han cambiado bastante desde entonces y hoy, ni a uno le obligan a cantar el "Cara el Sol" en la escuela (como a mi me pasó) ni a una niña le fuerzan a vestir la toca para acudir a clase. Pienso que los partidarios de tolerar el pañuelo no enfocan bien el problema y mezclan el rechazo al inmigrante y la intolerancia que sin duda anidan en la sociedad con la aplicación rigurosa y consecuente de un principio que ha tardado mucho en llegar a España y que ni tan siquiera se ha consolidado aun: la absoluta laicidad del espacio escolar, que debe permancer a salvo de la ostentación religiosa, política e ideológica. No creo que el problema esté en los occidentales que no acabamos de comprender el significado del velo (que sea cual sea, es inequivocamente religioso) sino en las familias musulmanas que son capaces de anteponer su modelo "espiritual" de indumentaria (para cuyo ejercicio disponen de todo el espacio privado y practicamente todo el espacio público) a la norma de conducta que rige en el espacio escolar. ¿Dónde está la intransigencia?
+Info: Un artículo en El País sobre el uso del velo entre las mujeres musulmanas.

jueves, 22 de abril de 2010

VELOS EN LAS ESCUELAS


De nuevo la polémica del velo islámico llega a las escuelas, esta vez en un instituto de Pozuelo de Alarcón. Como ha ocurrido en otras ocasiones los posicionamientos son imprecisos pues entran en conflicto el derecho a la educación (o el deber del Estado a garantizar la escolarización) y el principio de laicidad en el ámbito escolar de titularidad pública. Ante esta tesitura los únicos colectivos en los que parece que se impone el frente común son la derecha xenófoba, proclive a prohibir el uso del velo en cualquier circunstancia, y la población musulmana, obviamente partidaria de lo contrario. Entre unos y otros, y especialmente en el ámbito de la izquierda, las posturas son ambiguas: que si lo primero es garantizar la escolarización de los niños islámicos, que si no obstante la escuela pública debe de ser laica y por tanto no puede permitir la exhibición de símbolos religiosos,… Es en definitiva ésta una de esas cuestiones que hacen zozobrar a una izquierda que bascula entre su acreditada tradición laica y su retórica defensa del más débil, que en este contexto es la niña de origen inmigrante. Pero, ¿de verdad la prohibición del velo está poniendo en juego el ejercicio de derechos fundamentales? Para empezar hay que decir que los casos en los que se ha prohibido se ha hecho conforme a reglamentos internos de los centros que proscriben símbolos o vestimentas similares, con o sin significación religiosa. Fuera del ámbito escolar a nadie se le impide en este país exhibir los símbolos religiosos que le plazcan, ni desde luego practicar ninguna religión (mientras su práctica no atente contra los derechos de otras personas, claro). Por otra parte, se ha insistido en que además de un signo de contenido religioso el velo pone de manifiesto la sumisión de la mujer en la religión islámica, algo que obviamente no puede tener cabida en la escuela pública. Los defensores de la tolerancia en el ámbito escolar sostienen que esto no es cierto, que el velo es realmente irrelevante como símbolo de la sumisión femenina y que quienes lo visten lo hacen por lo general de manera voluntaria. Lo cierto es que tan irrelevante no puede ser cuando sus portadoras defienden con semejante ahínco su derecho a vestirlo. Vamos, que no lo conciben como una vulgar txapela que el maestro les obligara a quitarse por elemental educación, de lo cual cabe colegir que su contenido simbólico tiene elevada significación. En definitiva, más que meramente cultural el velo es un símbolo de índole “sagrada” (y contenido más que aparentemente discriminatorio, añadiría).
Visto todo lo anterior (la no existencia de discriminación religiosa, el carácter proselitista del velo y su contenido discriminatorio) creo que van quedando pocas razones para que si un centro escolar decide prohibirlo haya que impedírselo. Hacerlo apelando a la preservación del derecho a la educación del menor no es sino someterse a un chantaje moral que se ejerce amparándose en argumentos falsos. Porque la prohibición del velo en las aulas en ningún caso supone una transgresión del respeto a la identidad cultural, la tolerancia religiosa, o la libertad individual. Volviendo al principio, creo que la izquierda balbucea con este asunto, como ocurrió cuando las famosas viñetas de Mahoma publicadas en 2005 por un periódico danés. Resulta paradójico que sea la derecha reaccionaria la que defienda sin ambages el principio de laicidad (eso sí, más por xenofobia que por convencimiento laico) mientras la izquierda se pierde en argumentos ambiguos sobre lo difícil que es conciliar el derecho del individuo y la obligada laicidad de la escuela pública. Ahora bien, si algún día toca legislar sobre esto esperemos que entonces se haga con todas sus consecuencias, incluyendo una efectiva secularización del Estado a todos los niveles (en esto, como en otras cosas, los franceses siguen siendo el modelo a imitar).
P.S. Más sobre este tema en este mismo blog.
+Info: editorial de El País sobre esta cuestión.

lunes, 19 de enero de 2009

COCINEROS CUM LAUDE

El Ayuntamiento de San Sebastián, de la mano de la Universidad de Mondragón, ha tenido una nueva idea que a mi me suena sobre todo a estrategia de promoción de la ciudad: crear en Donostia lo que han dado en llamar una universidad de la cocina, algo así como una facultad de gastronomía en la que participarían los astros culinarios que por aquí campan por doquier. No sé si la idea es buen o mala, supongo que según cómo se conciba. A los que hasta ahora se dedican a esto, especialmente a las escuelas de hostelería ya asentadas, les parece más que nada competencia desleal: resulta que ahora con subvención pública les ponen al lado una escuela de mayor postín que se les llevará una parte importante del pastel. A mi, a bote pronto y salvando las distancias (sobre todo las que impone la A-8), me parece una maniobra parecida a la del Guggenheim en Bilbao: una idea curiosa que tiene más de artificio promocional que de enjundia académica (de la misma manera que el museo ha tenido más repercusión turística o urbanística que meramente artística en el escenario plástico bilbaíno). Quizás crear un centro de difusión cultural vinculado a la gastronomía no sea ningún disparate, especialmente en esta ciudad en la que las cosas del comer ocupan y preocupan de manera casi reverencial. Pero llamarlo universidad y concebirlo a la manera de un centro de enseñanza superior me parece peliagudo. Siempre me ha parecido sospechosa la literatura que viene rodeando a la alta cocina desde hace ya años: los platos que diseñan los nuevos cocineros de vanguardia ya no son solo originales o creativos, también adquieren matices “divertidos”, “eruditos”, buscan la “complicidad con el gourmet”, son “inteligentes” y hasta “metafóricos”. En definitiva, no solo halagan al paladar sino que además nos deben hacer pensar. No en vano Ferrán Adriá fue invitado recientemente a una importante feria de arte (la Documenta de Kassel 2007). Así los nuevos cocineros deben de tener hoy algo de poetas y filósofos. Si ahora se crea una titulación superior con todo lo que ello supone (investigación y literatura supuestamente científicas, doctorados y tesis, ponencias y congresos, masters, publicaciones variadas… sobre la "alta cocina") a la próxima generación no va a haber quién la aguante. Por supuesto que detrás de la cocina hay ciencia: la química en primer lugar, la dietética por supuesto, y también la tecnología electrodoméstica. Pero me da que el proyecto donostiarra no va exactamente por ahí sino que pretende convertir en disciplina académica la formación de cocineros estrella. Y como tal me parece una idea un tanto peregrina. Responde a esa obsesión porque el modelo universitario fagocite toda manifestación o actividad humana, pero yo creo que a la cocina no le sienta nada bien la pátina intelectual: suena vacía, falsa, a argumento tramposo para encarecer la factura que algunos gourmets snobs están dispuestos a pagarles a ciertos cocineros pomposos y autocomplacientes.
+info: la noticia en Diario Vasco