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miércoles, 13 de febrero de 2013

LA PATATA DE NAGEL


El Ayuntamiento de Amorebieta podrá finalmente ubicar donde le plazca la enorme patata de bronce que en 2002 encargó al escultor Andrés Nagel. El contencioso entre el autor de la obra y el consistorio vasco se remonta a varios años atrás, cuando se planteó una remodelación urbanística que implicaba cambiar la escultura de sitio, y ha dado lugar a varias sentencias judiciales en un tira y afloja en el que se dirime la prevalencia del derecho moral del autor sobre la voluntad del actual propietario de su obra. Recuerda este caso al litigio que mantuvieron el arquitecto Santiago Calatrava y el Ayuntamiento de Bilbao, en torno a los cambios que se efectuaron en un puente sobre la ría del que aquél era autor. El asunto terminó con una indemnización de 30.000 euros pagada por las arcas bilbaínas para resarcir al arquitecto de los daños morales derivados de la modificación imprimida a su obra original. Peliaguda cuestión esta de los derechos morales de los autores de obras (de arte) y su legitimidad para condicionar el uso que se les dé una vez vendidas y abonadas. ¿Debe ser obligatorio preservarlas intactas si no le conviene así al propietario que ha pagado por ellas? La cuestión suele salir a la palestra, como en los dos casos señalados, cuando se trata de obras públicas en las que junto al artista la otra parte implicada es una institución (generalmente un ayuntamiento). A priori cabe entender que la administración vela por el interés público y el bien común, lo que parece que debería estar por encima del derecho moral del autor sobre su obra. Pero hay veces en que, viendo cómo actúa la administración, bien desearía uno que se le diera al autor o a sus herederos la oportunidad de obligar a que su obra sea respetada (los ejemplos de edificios valiosos demolidos sin contemplaciones son innumerables en las ciudades españolas, tan poco apegadas a su patrimonio, y en Bilbao sin ir más lejos tenemos bien reciente el caso del RAG). Viendo las cosas desde la óptica opuesta uno también puede preguntarse con qué legitimidad reclaman a veces los autores respeto para obras “de arte” que no son sino inmundos adefesios o incómodos y poco funcionales  equipamientos, como las zonas de espera del estiloso aeropuerto de Bilbao que diseñó también el ubicuo Calatrava. En fin, que no es una cuestión simple. En principio, al menos cuando se trata de obras públicas, parece evidente que debe prevalecer el bien común sobre el derecho moral del creador a vetar el modo de uso de su obra. Pero como no siempre las instituciones públicas actúan movidas por el bien común resolver el dilema no es fácil, y la cosa se complica cuando cualquier chiquilicuatre aspira a la posteridad exigiendo respeto estético para su engendro extravagante, lo que puede derivar en un absurdo choque de sinrazones. Como el mundo no es perfecto algunos jueces seguirán dando la razón a pequeños artistas endiosados insignificantes mientras nadie impide que el ínclito Luis Cobos continúe "versioneando" la obra de Mozart y otros clásicos.
+Info: sobre el litigio Nagel-Amorebieta en El Diario Vasco

miércoles, 31 de octubre de 2012

UNA BODA PATRIÓTICA


La noticia de la semana en nuestra ciudad tiene tintes tragicómicos: en el transcurso de una celebración de boda que estaba teniendo lugar en el muy selecto y tradicional Hotel de Londres donostiarra, los invitados se enzarzaron en una pelea multitudinaria que acabó con la intervención de la Ertzaintza y al menos dos personas detenidas. Las circunstancias de la tangana no están del todo claras pero parece que hay al menos tres ingredientes que, según las crónicas, la provocan en menor o mayor medida: una canción de Benito Lertxundi, la profusión alterna y contrapuesta de sucesivos goras a ETA y vivas a España y la presencia de un grupo de invitados vallisoletanos. Según las últimas informaciones éstos se retiraron discretamente a sus aposentos antes de que estallara la pelea con lo cual la inicial sospecha de que pudiera tratarse de un enfrentamiento de vascos contra españoles (singular remedo de nuestra “lucha de liberación nacional”) parece desvanecerse. La trifulca da pie en cualquier caso a una serie de reflexiones. Para empezar demuestra que la profesión de fe revolucionaria y abertzale no está reñida con una más que desahogada posición económica que se permite celebraciones en uno de los templos del lujo y el buen estatus familiar de nuestra ciudad (habremos de pensar que la mayoría de los invitados, amigos y familiares, pertenecen al mismo segmento social que los novios, como suele ocurrir en casi todas las bodas). Esto del poderío económico de una importante porción de la base social de la izquierda abertzale es tema que dejaremos para otra ocasión, pero me ha resultado divertido imaginarlos vociferando con corbata los goras a ETA en un contexto tan selecto y elegante (al facherío local ya le teníamos descontada esa posición muelle).
Otra curiosidad es la accidental presencia de Benito Lertxundi. Pero, por Dios, ¡a quién se le ocurre poner una canción de Benito en una boda! Es como ambientar un velatorio con Georgie Dann, pongamos. Dicen los periódicos que todo empezó cuando el novio le pidió al disc jockey que quitara una canción del cantautor vasco que previamente había solicitado la novia, lo que debió de parecerle una provocación al sector abertzale de la concurrencia. Más allá de los acuerdos musicales que hubieran estipulado los novios en sus capitulaciones matrimoniales, entiendo que la verdadera provocación está en la tentativa de reventar un baile con las amodorrantes melodías del bueno de Benito, muy adecuadas para ambientar una reunión nocturna de ñeque-ñeque en un brumoso refugio montañero, pero francamente inservibles para darle vidilla a cualquier bailongo post-nupcial. Bueno, ¿y lo de los vivas a España y los goras a ETA? ¿A quién se le ocurre? En las bodas normalmente se les vitorea a los novios, pero los vivas a las patrias y sus próceres parecen cosa, como mucho, de bodas de Estado (y ésta en cualquier caso sería una boda “en estado”, pormenor que ignoramos, claro).
En fin, prósperos revolucionarios abertzales los unos, acomodados españolistas de buena familia los otros, supongo que tendiendo todos a borrachos, por un quítame allí esta canción se lían a tortas al grito de viva España o gora ETA. Lo cual, insisto una vez más, vuelve a demostrar lo malo que es el nacionalismo para la salud mental de las personas, especialmente si lo mezclamos con el alcohol y la familia. Pobres novios.
+Info: crónica del DiarioVasco

jueves, 24 de noviembre de 2011

COLECCIONISMO

La panoplia de experiencias virtuales que nos deparará este Mundo 2.0 en el que ya estamos plenamente instalados puede abarcar facetas insospechadas. Como la del coleccionismo artístico. La empresa británica [s]edition así lo ha comprendido y desde hace poco vende arte para el iPad, el iPhone o hasta, con permiso de Apple, para la Blackberry y otros cachivaches del estilo. El invento consiste en encargar a artistas contemporáneos de prestigio la producción de una serie de obras que se distribuirán, en número limitado, sólo en soporte digital y a precios “asequibles” (entre los 8 dólares de un Noble y Webster y los 800 de un vídeo de Damien Hirst). Se pone así al alcance del ciudadano corriente la posibilidad de poseer una obra de arte exclusiva que podrá disfrutar cuantas veces quiera en su dispositivo portátil o en la pantalla de su televisor (suponemos que en FullHD). Lo supuestamente más atractivo de esta propuesta es que no nos hacemos con una mera  copia, como cuando adquirimos una lámina impresa en la tienda de un museo, sino que obtenemos un original, igual que si nos lleváramos el lienzo o la escultura de una galería o una casa de subastas. La empresa vendedora garantiza mediante un certificado la autenticidad del producto adquirido, del que sólo se distribuirán un número limitado de unidades (algo así como si de grabados numerados se tratara) que no pueden ni imprimirse ni transmitirse a terceros. Una propuesta original que supone un paso definitivo en esa desmaterialización del arte de la que se habla desde los tiempos del arte conceptual: el cliente no compra exactamente un objeto (artístico) sino un paquete de bits que se recomponen mediante una aplicación informática en diferentes momentos y lugares cada vez que desea disfrutar de su obra. Pero además de esta consideración estético-conceptual esta novedosa fórmula de comercialización del arte suscita alguna que otra incertidumbre.
Para empezar no queda muy claro si uno adquiere “originales” o “copias”. El arte digitalizado convierte la obra en un objeto inmaterial e infinitamente reproducible en distintos contextos (la calle, mi casa, el café) y sobre diferentes soportes (el ordenador, la televisión, una tableta), de manera que uno nunca sabe si contempla “la obra” en sí o su imagen. Hasta cierto punto esto mismo pasa, en el ámbito del arte tradicional, con las series de grabados o con la fotografía analógica. La diferencia es que en estos casos cada nueva unidad requiere la intervención de su autor o del técnico que, mediante la manipulación de la matriz o el negativo, produzca una nueva unidad original (que no copia). Estas nuevas obras digitalizadas son en cambio ilimitadamente reproducibles sin intervención de sus responsables (ni artísticos ni técnicos) de manera que solo la existencia de un certificado garantiza la originalidad de la unidad que poseemos. En potencia, nuestro original podría ser infinitamente copiado y las sucesivas unidades solo perderían la condición de originales por el simple hecho de carecer del certificado de autoría.
Por esto precisamente uno de los problemas de esta modalidad de coleccionismo es el elevado riesgo de devaluación, dada la hasta hoy demostrada facilidad con la que los objetos digitales pueden ser copiados y transmitidos. Así, a los ámbitos creativos que han ido cayendo en el círculo de la piratería digital (cine, música, literatura también) se suman las artes plásticas, susceptibles también de ser redistribuidas por sistemas P2P o colgadas en webs de descargas gratuitas. Bien es cierto que en rigor así solo obtendríamos “copias”, pero también existe la posibilidad de que acaben pirateándose los certificados de autenticidad, con lo cual la propiedad de la obra quedaría devaluada y el negocio de comercialización seriamente resentido.
Last but not least, hay que hacer notar que por primera vez el marco puede ser mucho más caro que el cuadro, algo especialmente llamativo en este mundo del arte contemporáneo que ha prescindido de los marcos conforme incrementa el precio de los lienzos. Si adquirimos un Emin digitalizado por, pongamos, 50 euros y deseamos que presida nuestro salón desde una vistosa a la par que discreta pantalla LCD de 42 pulgadas no cabe duda de que el continente será notoriamente más costoso que el contenido. Paradoja que queda  atenuada por  la posibilidad de disfrutar en el mismo marco de toda la colección de “obras” que poseamos, proyectadas a nuestro antojo cual si de una presentación Power Point se tratara. Todas ellas originales, claro, hecho que podremos acreditar fehacientemente mediante la exhibición simultánea o paralela de certificados de autoría en la misma pantalla del televisor, para la admiración y pasmo de nuestros invitados.
+Info: sobre el lanzamiento de [s]edition en El País

jueves, 30 de junio de 2011

CAPITAL CULTURAL

El que esto suscribe, ni ha vivido con excesivo entusiasmo lo de la capitalidad cultural europea en 2016 ni, desde luego, se siente próximo al actual gobierno municipal de esta ciudad de Donostia (a la vista está en recientes posts de este mismo blog). Pero como vecino donostiarra me parecen injustas las insinuaciones que desde otras ciudades candidatas a la capitalidad se están lanzando tras conocerse la designación de San Sebastián, incluidas las amenazas de impugnar el fallo. El alcalde de Zaragoza Juan Alberto Belloch es quizás quién con más énfasis ha cuestionado la decisión del jurado internacional y curiosamente el argumento al que apela es la razón política como sustento de una designación que, consecuentemente, estima improcedente. Digo curiosamente porque en esta ciudad precisamente lo que se temía es que las razones políticas, con Bildu en la alcaldía, más que beneficiar perjudicarían la elección de Donostia. A esto yo añadiría tres observaciones que, no por obvias dejan de merecer ser resaltadas. Lo primero, debemos tener en cuenta que el trabajo previo de la candidatura y posiblemente la ejecución futura del programa a partir de 2016 no tienen ninguna vinculación con las siglas políticas que actualmente gobiernan la ciudad, con lo cual el presunto castigo a Bildu en realidad castigaría un trabajo al que esta formación política es hasta ahora ajeno. Lo segundo, sería injusto privar de esta oportunidad a toda una ciudad en la que conviven gentes de las más diversas ideas porque en unas elecciones municipales resultó vencedora relativa la izquierda abertzale. Y lo tercero y más importante: ¿no sería tan política y por tanto injusta y ajena al contendido del proyecto cultural una decisión que evitara la designación de San Sebastián por el simple hecho de que en esta ciudad gobierne Bildu? Si los detractores de la elección del jurado le han reprochado razones políticas no entiendo como olvidan que apartar a San Sebastián por el color de su gobierno municipal es una razón tan política como la que se denuncia. Porque si lo que ha de primar es la calidad del proyecto cultural, la adscripción política del alcalde debería ser cuestión baladí, tanto en un sentido (a favor de la candidatura) o en otro (en contra). Un proyecto que en el caso donostiarra, no lo olvidemos, tiene el consenso de gentes de todas las ideologías, incluidos los que gobiernan (Bildu), los que gobernaban hasta ahora (PSOE) y hasta los que tanto antes como ahora son oposición (PP y PNV). ¿No es bueno esto en un país en el que nos cuesta tanto ponernos de acuerdo?
+Info: hoy en El País sobre la impugnación de la elección de Donostia.

viernes, 17 de diciembre de 2010

NICOTINA VIRTUAL

Estos días el diario El País promociona a través de su sección de ventas cigarrillos electrónicos, un artefacto cuya existencia yo desconocía pero que al parecer goza ya de una considerable difusión. Como diría un geek conforme a su convencional dicotomía, se oponen a los cigarrillos analógicos o sea, los de siempre, cuyo sabor y sensaciones se las apañan para imitar con el concurso de la más sofisticada tecnología. Su principal utilidad parece ser la de ayudar en el arduo propósito de dejar de fumar o simplemente servir de sustituto del tabaco analógico cuando no se quiere o no se debe molestar al vecino, lo que puede ofrecerles una excelente oportunidad en el próximo escenario de proscripción de la nicotina en el espacio hostelero. Hasta ahora conocíamos el sexo virtual, que en realidad no es sino un remedo de la masturbación de toda la vida solo que con apoyo audiovisual interactivo. Con esto del tabaco añadimos un nuevo vicio a la lista de los ciberpecados. Quién sabe si en esta línea no llegaremos a conocer el porro digital, la cocaína electrónica y hasta un emulador gastro-virtual que nos proporcione placeres de gourmet sin tener que pasar por la mesa de un restaurante de autor, con las onerosas consecuencias financieras que esto suele acarrear. En fin, en cualquier caso los  susodichos cigarrillos no son sino un sucedáneo más de los que proliferan en este mundo cada vez más second life, en el que las estrellas de Hollywood ya no se pasan pitillos humeantes, no vaya a ser que los espectadores caigamos en el vicio presos de la fascinación. Como me dijo mi mujer al comentar el asunto, y tirando de un símil muy bibliotecario-documental, estos nuevos cigarrillos son monopuesto y presenciales pero igual pronto podremos fumar on line. Aunque no tan placentero, posiblemente sea menos nocivo que cascarse un habano (aunque sobre esto también hay dudas).
+Info: un artículo conciso y esclarecedor en Wikipedia

viernes, 2 de julio de 2010

VERSION ORIGINAL


Justo la misma semana en la que el Tribunal Constitucional da a conocer su sentencia sobre el Estatut, el Parlament de Catalunya aprueba por abrumadora mayoría la nueva ley del cine, que entre otras cuestiones obliga a proyectar en catalán la mitad de las copias dobladas o subtituladas de otros idiomas extranjeros. Los distribuidores y los exhibidores, que ya hicieron una particular huelga por esta cuestión el pasado mes de febrero, se han tomado muy mal la nueva ley que, auguran, perjudicará severamente al negocio del cine en Cataluña abocando a muchas salas al cierre. Los militantes de la Plataforma per la Llengua, contrariamente, se felicitan por la nueva reglamentación. Los primeros han advertido de una consecuencia que posiblemente se derivará de la aplicación de la ley: las grandes productoras norteamericanas, que copan una buena parte de la taquilla, exhibirán sus películas sólo en lengua original, ni subtituladas ni dobladas, ni en catalán ni en español, solo en inglés, y punto. Supongo que en el British Council estarán frotándose las manos solo de pensar el impulso que esta tesitura supone para la lengua inglesa, cuyo conocimiento se extenderá forzosamente en Cataluña a la misma escala que, pongamos, en Finlandia o Dinamarca, donde hasta las bisabuelas nonagenarias hablan con fluidez en la lengua del Imperio. Una buena noticia también para las academias de idiomas, encargadas de garantizar que las presentes y futuras generaciones puedan seguir yendo al cine. Por último, quizás suponga también una excelente oportunidad para aquellas cinematografías dispuestas a pasar por el aro del doblaje bilingüe: quién sabe, puede que de aquí a unos años los mayores taquillazos en Barcelona sean obras de la última hornada de realizadores búlgaros (eso sí, subtituladas en catalán).
Poniéndonos serios, la política debería estar al servicio de los anhelos de los ciudadanos. Dicho de otra manera, la administración debería dedicarse a procurar que la gente tenga eficazmente resueltas sus necesidades, que obtenga lo que precisa y por tanto demanda. Esto generalmente implica obviar las cuestiones simbólicas, que a la postre son sin embargo las que con más facilidad excitan nuestras pasiones, lo que obviamente tiene mayor rendimiento electoral. Quizás haga falta recordar que muchos de los debates domésticos catalanes que más repercusión mediática han tenido últimamente poseen ese transfondo simbólico: los toros, el burka y ahora el doblaje de las películas. En cierta forma ha pasado también con mismísimo Estatut, aprobado en un referéndum en el que participó menos de la mitad del electorado. Dudo que estas sean, ni de lejos, las principales preocupaciones de las personas.
En el asunto que nos ocupa, ¿de verdad la población catalana estaba demandando con tanto ahínco cine en lengua vernácula? Porque si así fuera yo creo que el propio mercado lo evidenciaría sin necesidad de establecer cuotas o reglamentos, es decir, sin necesidad de que la administración interviniera en ello más allá de lo estrictamente necesario para garantizar una oferta que satisficiera la demanda real. Pero una vez más, y en esto los catalanes van camino de ganarnos a los vascos, lo que está en juego es la cuestión identitaria. En este sentido es muy interesante el capítulo que dedica al asunto Vicenç Navarro en El subdesarrollo social de España, donde sostiene que en Cataluña la cuestión nacional actúa como un velo que impide discutir problemas sociales y económicas que afectan de una manera mucho más decisiva a la vida de las personas. Algo que me temo que en cierta forma el actual gobierno “de izquierdas” ha heredado de los anteriores gobiernos de CiU. En esto del doblaje del cine presiento que la administración también interviene atendiendo a imperativos simbólicos y cálculos electorales de una manera innecesaria y paternalista, al estilo del déspota ilustrado que actúa anticipándose a la demanda de la sociedad. A algunos, a muchos, les contentará la nueva ley, más quizás por su carga ideológica que por razones meramente prácticas. A otros, muchos también, les dejará indiferentes, al menos por lo que concierne a la repercusión de la misma en sus vidas. Y a las salas de cine seguramente les vendrá mal. Pero es que las elecciones autonómicas están cerca…
+Info: la noticia en El País y en Avuí

viernes, 28 de agosto de 2009

MODELOS GORDAS


Uno no acaba de dar crédito cada vez que ocurre algo así, pero de nuevo está pasando. Resulta que una revista de moda publica la foto de una chica normal semidesnuda y se arma la gran polémica. La modelo Lizzie Miller ha aparecido luciendo su opulencia de 80 kilogramos en la revista Glamour, al parecer una publicación chic en los USA. Obviamente su imagen desentona con los cánones habituales en las revistas del gremio, más proclives a la línea recta que a la exhibición de curvas tizianescas. Pasó algo parecido hace un par de años, cuando otra joven modelo de cuyo nombre no me acuerdo y de parecidas proporciones físicas asombró en la muy mediática y canónica pasarela de Milán, lo que la convirtió en la noticia más comentada de aquella edición del certamen. Y volverá a pasar la siguiente ocasión en que los medios detecten la intrusión de curvas en el anguloso universo de las top más “fashion”. Lo curioso del asunto es que la sujeta, lejos de estar gorda, presenta una imagen atractiva y saludable en la que seguramente se ven reflejadas muchas mujeres. Pero esa imagen no es canónica y por consiguiente suscita entre numerosas jóvenes un rechazo inversamente proporcional al atractivo que sugiere a tantísimos hombres (oteando la cuestión desde la perspectiva de la sexualidad, que al fin y a la postre es la que más cuenta en esto del aspecto físico). Lo que pone de manifiesto que el canon de belleza no es unívoco y que su manipulación comercial por parte del mundo de la moda está produciendo una nefasta perversión cuyas consecuencias extremas más notorias son la proliferación de casos de bulimia y anorexia entre las adolescentes.
Ya sé que no se puede imputar al nebuloso complejo industrial de la moda la responsabilidad de la extensión de una enfermedad, al fin y a la postre la anorexia y la bulimia son desequilibrios en los que intervienen numerosos factores psicosociales. Pero el fenómeno está ahí, revelando las complejas consecuencias que producen en el individuo contemporáneo la saturación mediática y la expansión de la información icónica y visual. No es ya que la imagen ocupe un lugar en nuestras vidas, es que los modelos nos acechan por doquier proponiendo en ocasiones imágenes contradictorias: el exceso pectoral de las actrices porno frente al aspecto anémico de muchas modelos de moda. El canon de la belleza femenina ha permanecido más o menos estable en Occidente durante siglos, de la Venus de Willendorf a las voluminosas mujeres de Tamara de Lempicka, pasando por Rubens o Tiziano y parece apegado a la preferencia sexual mayoritaria de los varones (o de algunas mujeres, como la propia Tamara). Ahora, ya entrado el siglo XXI, el canon no es unívoco y particularmente el que propone el mundo de la moda es sustancialmente distinto del que ha predominado. El apoyo que le ofrecen la multiplicación de los vehículos de acceso a la información visual junto al prestigio moral y estético que lo contraponen al modelo supuestamente más chabacano y vulgar del porno (otra incontestable referencia icónica) le otorgan una ventaja para erigirse como el modelo estándar de la belleza y el buen gusto. De manera que cualquier mujer personaje público cuyas proporciones se desvíen levemente del canon vigente es tenida como “opulenta”, curvilínea: valgan ejemplos como Monica Bellucci o la mismísima Penélope Cruz, hembras ambas de una dimensión más que normal. En definitiva, con la estrecha colaboración de los medios de comunicación se está produciendo una extraña perversión del gusto que aboca a muchas mujeres a una incomprensible y permanente insatisfacción con su imagen. Yo pienso que es un aspecto más de este mundo ñoño en que vivimos.
P.S. Por cierto, el índice de masa corporal (la proporción entre peso y estatura) de la tal Lizzie Miller no llega a 25 con lo cual ni tan siquiera tiene ese ligero sobrepeso que lucen millones de mujeres a las que casi todos los hombres heterosexuales tendríamos por auténticos pivones.
+ Info: La noticia del "escándalo de los michelines" en El País

jueves, 16 de abril de 2009

LOS LIBROS ELECTRONICOS Y SUS LECTORES


Aunque parece que de momento vivimos una cierta confusión sobre su futuro desarrollo, es un hecho incuestionable que por fin ha llegado el libro electrónico con ánimo de quedarse. ¿Significará esto que en menor o mayor plazo acabará por desaparecer el libro impreso o, cuando menos, se convertirá en un soporte minoritario, residual incluso, para la transmisión de la cultura escrita? Yo pienso que no, con firme convencimiento, aunque sé que la prospectiva en esto de la evolución tecnológica es un terreno pantanoso. Pero el libro es antes que nada un hecho cultural e intelectual con un fuerte arraigo sentimental y serán necesarias al menos una o dos generaciones para que las cosas cambien sustancialmente. Vayamos por partes.
La defunción del libro tal y como lo conocemos viene pregonándose desde hace ya más de una década, especialmente desde que la consolidación de Internet ha servido para facilitar una difusión de la información, la cultura, la ciencia y el conocimiento mucho más dinámica de la que hasta entonces permitía la imprenta. Este hecho se ha dejado notar en ámbitos diversos de la cultura escrita, dando paso a un imparable proceso de sustitución de la edición en papel por el acceso on line. Así, la comunicación científica no es igual desde que los grandes editores asumieron que las revistas académicas debían editarse en la red y hoy son ya pocos los investigadores que siguen usando las versiones impresas para leer los aun llamados “papers” científicos. Igualmente los periódicos han revolucionado la forma de leer la prensa mediante sus ediciones digitales que incorporan numerosos añadidos imposibles para una edición en papel, además de una actualización de la información permanente que les permite por fin competir con la radio y la televisión en aquel aspecto (la inmediatez de la transmisión de las noticias) en el que hasta hace poco tenían una evidente desventaja. Internet ha desbancado también al papel, o lleva camino de hacerlo, en el ámbito de la información de referencia o la consulta de datos: Wikipedia ha sustituido en la práctica a las ya vetustas enciclopedias que ocupaban varios metros en las estanterías domésticas y algo parecido ocurre con casi toda las fuentes de consulta que usamos con más frecuencia: diccionarios de idiomas, datos estadísticos, hasta la información sobre cuestiones tan delicadas como la salud se busca antes en la red que en los clásicos manuales al estilo de “El Dr. Responde”.
Cabía pues suponer que tras las revistas, los periódicos y las obras de consulta también le llegaría el turno al libro de lectura secuencial, es decir aquel que leemos página tras página de principio a fin: los ensayos, las novelas, y también las monografías científicas y los manuales docentes, dos tipos de libros estos últimos cuya presencia en la red se ha venido incrementando últimamente, quizás precisamente porque se prestan a una lectura menos secuencial y más intermitente (por ejemplo, podemos precisar sólo un capítulo concreto en cada momento, para lo cual el acceso on line es cómodo y efectivo, además de proporcionar las ventajas del hiperenlace que pone en relación las distintas partes del texto). Aunque ciertos autores de best sellers (como el mismísimo Stephen King) ya habían puesto alguna de sus obras en Internet, sabedores seguramente de que más que restarles ventas esa decisión les daría aun más repercusión, no parecía sin embargo que la pantalla de un ordenador convencional y ni tan siquiera una PDA fueran serios rivales para un objeto como el libro, manejable, agradable al tacto y a la vista y que en buena medida usamos por placer.
Pero la reciente aparición de nuevos dispositivos como el Kindle de Amazon hace por primera vez pensar que puede haber una alternativa amigable a la lectura en papel de novelas, ensayos y libros académicos. No es fácil pronosticar el futuro de este tipo de dispositivos, lo que equivaldría a hablar consecuentemente del futuro de la imprenta y de la cultura escrita en general. Las librerías convencionales los miran con recelo, pues presumiblemente una vez adquirido el aparato el eventual lector deja de ser un cliente y en adelante es de suponer que descargará los contenidos desde una librería virtual. También es cautelosa la actitud de los editores, plantados ante una novedad que de prosperar les obligará a una importante modificación en la forma de difundir sus productos. Obviamente los geeks, los fans de la tecnología digital, los han acogido con enorme alborozo, lo mismo que en general los aficionados a lo novedoso sin más. La clave de su futuro y por tanto la clave del futuro de la imprenta se haya en la penetración que el nuevo modelo de lectura encuentre en los distintos segmentos de lectores que componen el universo lector. De entrada hay que recordar que éste representa sólo una porción limitada de la población total: según el último Estudio sobre hábitos de lectura en España (2008), lee algo más del 50%, y tan solo un 40 % compra libros (dejando aparte los libros de texto escolares). Esta encuesta periódica revela, de manera continuada, que los mayores lectores son los niños (sobre todo si son hijos de padres lectores) y que la población lectora se concentra en las zonas urbanas y entre el segmento con estudios universitarios. Los libros más leídos son best sellers del tipo El código Da Vinci o Los pilares de la tierra.
Pero hay que leer entre líneas para percatarse de que es una pequeña parte de la población, es decir aquella que lee más de 12 libros al año, la que concentra el mayor “consumo lector”. Así que los estudios confirman lo que ya sospechábamos: la población lectora (que es la que compra libros con asiduidad) supone en torno a un 14 % del total y ahí es donde cobra significado la eventual penetración del Kindle, el Sony Reader y otros gadgets del estilo. Porque, vamos a ver: ¿para qué narices quiere el aparatito una persona adulta que lee 4 o 5 libros al año? Yo pienso que no por ahorrar dinero (es probable que se los regalen o que los lleve en préstamo de cualquier biblioteca), menos aun por ahorrar espacio (uno de los argumentos que defienden los defensores de los dispositivos para e-books). Si en la memoria interna de un lector modesto vienen a caber en torno a 100 libros (aunque los hay de mucha mayor capacidad y además se pueden acoplar memorias externas) a muchas personas les bastaría con un dispositivo para almacenar todo su historial lector (y eso sin borrar nada). El lema bien podría ser “Ponga un Kindle en su vida” (porque así va a ser, “un Kindle, uno”, para toda la vida). La clave está en la actitud de los verdaderos lectores, a los que les pueda compensar un dispositivo que les permite almacenar numerosos títulos sin merma de espacio físico y con numerosos valores añadidos (entre otros, la posibilidad de descargar nuevos títulos gratuitamente o a bajo precio).
Las ventajas de los e-books son notorias: el mencionado ahorro de espacio (se puede almacenar toda una biblioteca en un dispositivo más unas cuantas tarjetas de memoria adicionales), la portabilidad, la reducción del desgaste ecológico que comportaría imprimir menos ejemplares, el precio al que se pueden obtener los textos (a menudo gratuitamente a través de las diversas bibliotecas digitales existentes en Internet), funciones añadidas como la inserción de notas, búsquedas en los textos guardados e incluso acceso por Internet a recursos externos (como la Wikipedia en el Kindle). En definitiva, lo que ya ofrece cualquier ordenador trasladado a un formato más pequeño y amigable para la lectura. Todo esto está muy bien, pero ¿a quién va dirigido? ¿Quién posee o necesita una biblioteca de cientos de libros, de los cuales anualmente utiliza varias decenas? Y sobre todo, ¿hasta que punto para este tipo de lector el e-book llegará a sustituir el uso de libros impresos? Yo pienso que los grandes beneficiarios del e-book pueden ser la población estudiantil y docente (en todos sus niveles, de la primaria a la universitaria) y junto a ellos un sector de la población bastante limitado de consumo lector alto (profesionales, urbanitas, culturetas de diversa condición, muchas muejeres de mediana edad y no pocos jubilados inquietos con tiempo para leer). En definitiva el universo “gran lector”, pues para el resto de la población no le acabo de encontrar significado más allá de la satisfacción de un capricho. Pero pienso también que entre esa gente “gran lectora” el libro en papel va a mantener un arraigo sostenido que perdurará al menos unas cuantas décadas.
El e-book es un gadget pero su función no se parece nada a la de un MP4 o un IPod, una PDA, un móvil de última generación o cualquier otro de esos aparatos que fascinan inmediatamente a los geeks: su finalidad principal es proporcionar información textual (frente a lo audiovisual de un Ipod o un MP4) para uso individual (frente al uso comunicativo de los IPhone o las Blackberry). Seguro que los seguidores de todas estas tecnologías observarán con interés el desarrollo de los Kindle y compañía, pero no es a ellos a quienes van dirigidos estos nuevos dispositivos. No quiero decir que un fanático de la tecnología no pueda ser al mismo tiempo un gran lector, por supuesto que habrá muchos individuos que aúnen ambas condiciones y éstos seguro que ya llevan sus e-books en los bolsillos. Pero el universo lector sólo coincide en parte con el universo geek y de hecho sospecho que la intersección es relativamente pequeña; es más, sospecho también que el universo lector es en una proporción no dedeñable bastante resistente a las revoluciones tecnológicas. Por eso mantengo que el libro en papel va a permanecer durante las próximas décadas (y quién sabe si mucho más allá), porque aquella parte de la población para la que tienen sentido los nuevos dispositivos va a tardar un tiempo en digerir su necesidad de una manera generalizada. Quizás hasta el momento se hayan vendido muchos Kindle y quizás se vendan muchos más en los próximos años, pero ¿verdaderamente los están comprando personas que al adquirirlos dejan de comprar libros? ¿Cuántos de aquellos que ahora gastan 1000 euros al año en libros va a dejar de hacerlo porque todo lo que habría comprado en papel ahora se lo descarga en el Kindle? Algunos habrá, muchos quizá, y cada vez serán (o seremos) más. Pero sigo sospechando que al menos por el momento muchos otros lectores van a preferir recorrer los anaqueles de su librería favorita hojeando volúmenes impresos antes que husmear el “Search inside this book” de Amazon para decidir una descarga.

martes, 27 de enero de 2009

CIENCIA Y CREENCIA: A PROPOSITO DE UN LIBRO


Tengo numerosos amigos y conocidos, algunos de vasta cultura y acreditado sentido común, que a las primeras de cambio visitan a su homeópata: por resfriados recurrentes, por dolores musculares, por simple cansancio o malestar… Para qué vas a ir al médico, que a lo mejor te receta antibióticos, si puedes salir del homeópata (previo pago de unos 30-50 euros sin factura) con unas inocuas bolitas. Cuento esto al hilo de un libro que acabo de leer y que aunque se publicó el año pasado yo creo que seguirá manteniendo vigencia durante largo tiempo: Misterios a la luz de la ciencia, una entretenida obra colectiva redactada por un grupo de periodistas y profesores vinculados a la Universidad del País Vasco. La intención del libro es hacer un repaso de numerosas creencias que se han extendido de manera extraordinaria durante todo el siglo XX y lo que llevamos del XXI y que contradicen la evidencia científica establecida o, como muy bien se explica, el razonamiento propio del pensamiento científico. Cuestiones de enorme popularidad como la medicina homeopática, el pronóstico del tiempo basado en las témporas, la existencia de contactos humanos con extraterrestres o las predicciones astrológicas son rebatidas de manera amena y desenfadada con argumentos científicos que desenmascaran lo que muchas veces no son sino fraudes o estafas urdidos por sus responsables sin más objetivo que sacar provecho de la ingenuidad colectiva. Recomiendo vivamente su lectura a todo aquel que a estas alturas empieza a mosquearse con tanto ying y tanto yang y con tanta equis-patía o equis-terapia y también, como no, al que después de rascarse la cartera en alguno de estos gabinetes pseudo-científicos (tanto da si de acupuntura como si de esoterismo o tarot se trata) se ha preguntado si no habrá hecho un poco el tonto Lo más curioso de todo es que la extensión de este tipo de creencias coincida con una época de laicismo generalizado y de progresivo abandono de la certeza religiosa. No deja de ser una paradoja que si precisamente la ciencia nos ha hecho dudar de las verdades de la religión demos ahora la espalda a la ciencia para resolver lo inexplicable y lo misterioso con nuevos instrumentos que vestimos con ropajes científicos pero que en realidad están más cerca de la creencia en lo sobrenatural. Igual es que Dios, que es muy listo, se está haciendo presente mediante novedosos y amanerados subterfugios… (Dicho esto desde el cariño, por si acaso).
+info: sobre la presentación del libro en el blog de uno de los autores